HACIA UNA 'POESÍA DEL ENSUEÑO'. A PROPÓSITO DE "TU SILENCIO EN VOCES"
¿Cómo decir, oh Sueño, tu silencio en voces? La cita de Octavio Paz -de donde toma prestado Isabel de Rueda el título de su delicado poemario- expresa certeramente la sensación que me asalta tras la lectura de los versos de esta amiga jerezana. ¿Cómo reducir a prosa el ritmo de los sentimientos? ¿Cómo plasmar en la racionalidad del comentario la etérea intimidad que emanan estos poemas? Desde luego, no sin la mala conciencia de haber penetrado en la secreta selva de una particular armonía, de profanar con el ejercicio de la palabra la lectura silente de una confidencia.
"Con esos atributos construye una 'poesía del ensueño', en que la naturaleza tiene un protagonismo que es comunión con la subjetividad de la autora"
Un halo de romanticismo envuelve el poemario. Se trata de un romanticismo de luz tenue, cadencioso, íntimo, donde el amor ocupa un lugar primordial y que rinde homenaje a ese pájaro dorado, la más bella angustia del poeta, el ángel llamado inspiración, de que tantos pedantes materialistas abdicaron. En todo el buen hacer de Isabel hay una vindicación de esos malvas juanramonianos, de los pétalos de rosa, de motivos poéticos que, en su contexto, aparecen cargados de prerrafaelistas. Con todos esos atributos construye una poesía del ensueño, en que la naturaleza tiene un protagonismo que es comunión con la subjetividad de nuestra poeta.
"Hay una sencillez profundamente machadiana en el decir de Isabel, que nace del asombro de la existencia y plantea los perennes interrogantes humanos"
Son versos, por tanto, para leer despacio, ausentes del jaleo del tráfago cotidiano, absortos en lo que susurran a nuestra mente y a nuestro corazón. Hay una sencillez profundamente machadiana en el decir de Isabel, que nace del asombro de la existencia y plantea los perennes interrogantes humanos: el tiempo -y es la tierra fuego y yo me quemo-, la muerte –errante piso los escombros, las cenizas,/ los fríos huesos de los muertos / y no entiendo…-, la propia identidad. También se hace patente reflexión sobre las palabras –palabras que me doten/ de alas clandestinas y que me lleven– y el hecho de escribir. No falta un homenaje a su admirado José Hierro –La sombra del poeta, bello, que muriera/ empeña su voz, alarga ecos en el espacio-, ni un soneto al libro. Es preciso advertir que el intimismo de Tu silencio en voces no impide a nuestra autora percatarse del sufrimiento de los otros y solidarizarse con él, como se comprueba en el poema El peso del emigrante: Pesaba la mañana en otra tierra/ en otra lengua pesaban las palabras,/ menos que el djambé en sus dueños dorados,/ menos que saberse ilegal o distinto/ tras el beso amañado de un charco homicida.
"... todo el conjunto exhala ese aroma inconfundible de la verdadera poesía"
Pero si todo el conjunto exhala ese aroma inconfundible de la verdadera poesía, hay tres composiciones que sobresalen con entidad propia. Así, el autorretrato Hija de un hombre bueno es a la vez amoroso homenaje al progenitor, que conmueve por su desnuda ternura: y crecí/ como crecen las hijas de un hombre bueno,/ algo tonta y algo agradecida. Igualmente, La entrega es otro bellísimo texto plagado de sensual simbolismo para desplegar las alas del deseo: Si, es mi piel y quiero / trascender en ti, / tocarte con mi cuerpo, desmecer el mundo. Y el más redondo quizá de todo el libro sea el poema Epitafio a Don Quijote:Si triste es morir, más triste
es vivir vencido de cordura.
Vencido siendo apenas isla,
apenas nube.
Morir
y no vivir trenzado,
maniatado casi
por la gélida y oscura sombra
del entendimiento.
“'Poeta: jardinero de epitafios' y eso es lo que demuestra Isabel de Rueda, que ella es jardinera de verbos también..."
Volviendo a Octavio Paz, hay una cita que no resisto traer a colación. Es un verso que es una definición: Poeta: jardinero de epitafios y eso es lo que demuestra Isabel de Rueda con Tu silencio en voces, que ella es jardinera de verbos también, y ha ido madurando discretamente su poesía, sin estridencias, con modestia incluso, sin alocadas prisas, para, en su momento justo, regalarnos un epitafio que es una invitación a vivir por lo que realmente merece la pena, por nuestro pequeño planeta de afectos y lealtades sentimentales. .
© Mauricio Gil Cano
....Jerez, marzo, 2006
....Jerez, marzo, 2006
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