"Hay una sencillez profundamente machadiana en el decir de Isabel, que nace del asombro de la existencia y plantea los perennes interrogantes humanos"

Son versos, por tanto, para leer despacio, ausentes del jaleo del tráfago cotidiano, absortos en lo que susurran a nuestra mente y a nuestro corazón. Hay una sencillez profundamente machadiana en el decir de Isabel, que nace del asombro de la existencia y plantea los perennes interrogantes humanos: el tiempo -y es la tierra fuego y yo me quemo-, la muerte –errante piso los escombros, las cenizas,/ los fríos huesos de los muertos / y no entiendo…-, la propia identidad. También se hace patente reflexión sobre las palabras –palabras que me doten/ de alas clandestinas y que me lleven– y el hecho de escribir. No falta un homenaje a su admirado José Hierro –La sombra del poeta, bello, que muriera/ empeña su voz, alarga ecos en el espacio-, ni un soneto al libro.
Es preciso advertir que el intimismo de Tu silencio en voces no impide a nuestra autora percatarse del sufrimiento de los otros y solidarizarse con él, como se comprueba en el poema El peso del emigrante: Pesaba la mañana en otra tierra/ en otra lengua pesaban las palabras,/ menos que el djambé en sus dueños dorados,/ menos que saberse ilegal o distinto/ tras el beso amañado de un charco homicida.